ORAR CON MARIA, LA MADRE DEL SEÑOR
Por Rvdo. Sr. Arcipreste de Écija, D. Luis Joaquín Rebolo.
¿Cómo se reza? A todos nos gustaría saber orar adecuadamente, saber expresarnos delante del Señor e intuir lo que Él quiere de nosotros, cómo nos habla en nuestra vida, cómo nos impulsa hacia determinadas decisiones o actitudes, cómo nos sostiene y acompaña...
Por eso considero que es una buena idea poner los ojos en María, y así, desde la óptica de la oración, comprender cómo podemos nosotros adentrarnos también en el misterio de Dios tomados de su mano.
1.- Crear espacios de encuentro con Dios:
En primer lugar, encontramos que la oración de la Virgen es la de una jovencita, casi adolescente, que abre su corazón a Dios con frecuencia (Lc 2,51). Eso es lo primero que tenemos que hacer, frecuentar, usar de la oración –no entendamos por oración únicamente la petición-, crear espacios de encuentro con Dios y de meditación de su palabra. Para eso es bueno pedir la luz del Espíritu Santo, tan íntimo a la Virgen María: ella lo recibió cuando Jesús se encarnó en sus entrañas y se convirtió así en madre de Cristo; también recibió el Espíritu en Pentecostés, convirtiéndose en madre de la Iglesia.
2.- Orar con humildad:
La humildad es la llave que abre el corazón de Dios. Dios no sabe resistirse ante los humildes, los que se saben necesitados de su ayuda y misericordia, de su protección y de su gracia vivificante. María de Nazaret, cuando ora en el Magníficat (Lc 1,47-55) comienza diciendo “mi alma glorifica al Señor”, porque siempre hemos de ponernos en presencia de Dios en permanente acción de gracias y profunda alabanza. Y más adelante dice “...porque ha mirado la humildad de su sierva”, ya que sólo el corazón sencillo es capaz de agradecer a Dios todo el amor que mana de Él hacia nosotros. El amor consiste en que Dios nos amó primero, y el humilde es quien lo percibe y lo agradece en su oración y en su vida. Sería muy hermoso y creceríamos mucho cristianamente si en nuestra oración diéramos más gracias a Dios por los bienes recibidos; eso dispondría nuestro corazón a recibir más mercedes de parte del buen Jesús.
3.- Orar acogiendo la Palabra:
Orar no es sólo hablar a Dios, sino hablar con Dios, esto es: hablar y escuchar. Pero, ¿cómo escuchamos a Dios?¿Cómo sabemos lo que Él quiere de nosotros? Las mociones o intuiciones espirituales y la lectura creyente de la propia vida son un medio muy útil. Pero el medio más eficaz de interpretar la voluntad de Dios en tu vida es saborear y vivir con la ayuda de la gracia la palabra de Dios. Después de una oración de acción de gracias o un salmo de alabanza, un buen medio para continuar orando es leer meditativamente la Biblia, sobre todo el Evangelio, que es donde Jesús nos habla. De este modo, encontramos luz para nuestra vida y podemos identificar nuestra situación vital con distintos aspectos de la experiencia de los grandes creyentes de la historia (Abraham, Jacob, Moisés, Elías, Rut, Judit, María de Nazaret, etc.). La Palabra nos denuncia y nos mueve a la conversión. Pero la Palabra también nos consuela y es bálsamo en nuestras heridas, nos impulsa y fortalece, robustece nuestros corazones. María, cuando reza, acoge la palabra de Dios y la hace vida. Desde la Palabra entiende los designios del Padre para ella. Nuestra oración debe abrirse a la lectura de la Biblia para poder decir con María “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
4.- Sentir con los empobrecidos y excluidos:
Pero...¿de qué hablaba María con el Padre Dios? María era portadora de una fe en el Mesías esperado de la que sólo participaban los verdaderos pobres de Israel. Los pobres de Israel, los anawin, se mantenían firmes en la esperanza de que Dios mismo se pondría al frente de su pueblo y lo pastorearía, en la esperanza de que un mesías instauraría la justicia y el amor de Dios. Cuando ella rezaba, elevaba al Padre la desesperación de los empobrecidos de su tierra (Lc 1,51-53), y lo hacía con alegría (Lc 1,47), con la certeza de que Dios siempre nos oye y nos impulsa para que con nuestra vida adelantemos aquello que Él nos promete y desea: un mundo sin injusticia ni pecado. Es decir, para rezar como María, no podemos olvidar lo que viven nuestros hermanos los hombres, los más necesitados de nuestro mundo. Nuestra oración debe de ser como un sismógrafo que refleja los procesos de liberación de los pueblos y grupos sociales más excluidos. Debemos de hablar a Dios no sólo de nuestras preocupaciones personales, sino también de las preocupaciones e ilusiones de los más desfavorecidos.
La oración cristiana es, en definitiva, una prolongación de la Encarnación de Jesucristo. En este gran misterio, Dios se compromete con la historia de los hombres y en la creación de una comunidad de naciones y de pueblos presididas por la justicia, la fraternidad y la paz. Dios y el hombre transforman la historia juntos y a favor de los empobrecidos. Orar, por tanto, o es una continuación del deseo de Dios o es replegarse a un refugio interior que no nos mueve al amor. No es que no quepan aquí nuestras necesidades personales, lo que ocurre es que caben en la medida en la que se van enmarcando en un proyecto divino más amplio que se llama “reinado de Dios” y que exige de nuestra oración una conversión a los problemas de nuestro mundo.
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